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La muerte y el mal fario de Montes

Carlos Cuesta Baquero, testigo excepcional del hecho por ser el  facultativo encargado de atender la fatídica herida del sevillano, escribió esta crónica en la revista Sol y Sombra.
martes, 13 de febrero de 2018 · 12:23

El trece de enero de 1907 moría corneado por Matajacas el precursor del toreo moderno, Antonio Montes. Carlos Cuesta Baquero, testigo excepcional del hecho por ser el  facultativo encargado de atender la fatídica herida del sevillano, escribió esta crónica en la revista Sol y Sombra, que también se incluyó después en el libro “Las Cornadas” de Solares y Rojas Palacios.

“Era el domingo 13 de enero de 1907. Los aficionados estaban alborozados por la corrida que presenciarían, lidiando seis toros –tres de la ganadería española del Marqués de Saltillo y tres de la mexicana de Tepeyahualco, propiedad de don Manuel Fernández del Castillo y Mier-. Los espadas: Antonio FuentesAntonio Montes y Ricardo Torres Bombita. Era el cartel máximo por la calidad y deseado con anhelo. Las taquillas no fueron abiertas ya en la mañana del citado día, porque la víspera estaban agotadas las localidades, colocándose el cartelillo: “No hay boletos”. A la Plaza de Toros México –ya vetusta, aunque remozada- iban formando “cola” quienes deseaban ver los toros que estaban en los corrales. Eran unos “buenos mozos” de cinco años, bien encornados y “finos” mostrando las características de sus castas. Descollaba uno, por lo cornalón, largo cuello y zancudo, o sea lo que nombraban “alto de agujas”. Era un toro de “mala construcción”, según dicen en su peculiar lenguaje los toreros. Su pinta era “cárdeno entrepelado” y su nombre “Matacaja”. Sobre la piel del costillar derecho ostentaba el número 42, registro en el libro de tienta de la ganadería. Procedía de la simiente miureña que hubo en la vacada de Tepeyahualco, cuando fue propiedad de don José María González Pavón.

Antonio Montes tenía la costumbre de ir la víspera de la corrida a la Plaza de Toros. Acudía con la finalidad de ver el encierro y formarse un juicio de él. Desde que vio a “Matacaja” se sintió alterado. Miró el número, 42, y dijo:

-No me gusta ni el número.

Durante el regreso al hotel el torero apenas y habló.

-¿En qué piensas, Antonio? – le preguntaron.          

-En ese toro horrible, el número 42.

Pensaba en el toro que lo mataría al día siguiente. El domingo cuando Blanquito regresó del sorteo, Montes le preguntó por “Matajaca”

-¿“Matajaca”? Déjame ver… Sí, te tocó a ti.

Montes golpeó el brazo del sillón.

-Lo sabía- dijo.

“Matajaca” salió imponente al redondel. Fue corrido, no demostrando detalle excepcional y Montes se colocó para torear de capa, siendo cogido luego del segundo lance. El asta enganchó en los cordones de la pierna derecha de la taleguilla, en esos borlones que los toreros llaman “machos”.

El diestro fue lanzado a lo alto, cayendo frente al toro, que intentó volver a cornearlo. No lo consiguió por hacer la embestida con el modo que los toreros dicen “sobrada” o sea desacertada por exceso de impetuosidad. 

Pero “Matajaca”, al ser banderilleado, mostró ya que era de inmenso peligro. Sin perder la bravura, tenía malicia que empleaba para “adelantar”, o sea para intentar apoderarse del banderillero estirando el cuello, que ya dije que era bien largo. “Pescuezo de acordeón” dicen gráficamente los toreros...

Montes entró a herir de largo, según acostumbraba a hacerlo. El toro, alargando el cuello no le enganchó con el asta derecha, sino que lo “enfrontiló” e instintivamente, Montes, para salvarse giró volviendo la espalda. El estoque ya estaba hundido hasta la empuñadura. En los momentos de girar, el toro, que por unos instantes estuvo incierto por el dolor causado por la estocada reaccionó tirando el derrote, asestando la cornada en la parte inferior de la región glútea izquierda del torero.

Llevándolo ensartado, prendido, el cornúpeta dio algunos pasos hacía del medio del redondel. Luego, ya agonizante inclinó la cabeza, dejando al lesionado torero sobre la arena. El diestro quiso levantarse, lográndolo con esfuerzo, pero inmediatamente se desplomó: un chorro de sangre empapaba la pierna de la taleguilla. Los monosabios tomaron en brazos al herido para llevarlos a la enfermería. El terror estaba impreso en el semblante de los concurrentes y también en el de los toreros”. 

Bombita, años después y en su libro de memorias titulado “Intimidades y Arte de Torear de Ricardo Torres Bombita" dice: “Todos al mirar como fue la cogida y el chorro de sangre negra que salía de la herida comprendimos que era mortal".

De la enfermería, Montes fue trasladado a su alojamiento en el Hotel Edison, situado en la primera de las Calles de Dolores. Allí estuvo tres días en lucha con la muerte; pero sin perder la inteligencia, conversando en algunos momentos y encargando que no informaran a su madre sobre la gravedad en que estaba por que la viejecita moriría de la angustia. Fuentes, Bombita, Blanquito, todos los toreros, no se apartaron de su lado, teniendo para Montes solicitud fraternal.

El estado de Montes fue empeorando y por ello no se llevó a cabo una laparotomía que algunos médicos aconsejaron. Surgió la parálisis vesical y la alta temperatura. Sin embargo, el torero pareció sereno y resignado. Recibió la visita del sacerdote y al salir éste dijo:

-Ahora sí, estoy listo.

Dictó testamento a favor de su madre y dejó tres mil pesos para una guapa mujer norteamericana que vivía con él. Tampoco se olvidó de su cuadrilla. Sus últimas palabras fueron:

-Pobre de mi madre, cuando se entere…

Falleció el día 17, a las siete y media de la noche. Fueron tres angustiosos días de zozobra y martirio, igualmente para los toreros que para los cirujanos. El público también estaba anhelante. A todas horas, aún en las avanzadas de la noche, había personas en la sala del piso inferior del hotel, informándose y leyendo los boletines de los médicos; y afuera en las aceras, la muchedumbre se agrupaba, preguntando las últimas noticias a quienes salían del edificio. A los médicos les impedían subir a los carruajes si no habían explicado como seguía el herido. En los pórticos de los teatros y en el interior de los telones, había copia de los boletines, así como en las pantallas de los cinemas. Cuando fue notificado el fallecimiento, se notó un silencio doloroso, interrumpido por exclamaciones compasivas. Era una pesadumbre general. Inyectado el cadáver con una solución conservadora, fue trasladado al Panteón Español, siendo el tránsito una imponente manifestación de duelo. Allí quedó en el Depósito de Cadáveres y un descuido de los encargados de vigilar fue causa de un horripilante suceso. Uno de los cirios encendidos se reblandeció con el calor de la flama, se encorvó y alcanzó al forro exterior de seda del ataúd, que se inflamó. El fuego pasó al interior, encendiendo el abollonado y después la sábana que servía de mortaja. Aquella hornaza calcinó el cadáver destruyendo la cara, piel de la cabeza, un brazo y una pierna.

El calcinado cadáver fue llevado a Veracruz para embarcarlo con destino a Sevilla. Al transportarlo del muelle al barco ocurrió otra desgracia: se zafó de la grúa la caja que llevaba el féretro y cayó al mar. Sangre, fuego, agua: curioso fin el de este hombre ejemplar”.

 

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