Sábado 20 de Enero | 10:05 hs

A CONTRAQUERENCIA

Paciencia y ambición

Paciencia y ambición

Siempre he procurado ver el vaso medio lleno, pero hay días en que cuesta un mundo, de verdad, defender lo indefendible. Días en los que el ánimo que me empuja a tener paciencia se agota y me deja tirado en medio del cabreo.

Ver torear a Finito como lo hizo hace poco en Brihuega o en aquella lejana tarde en la vieja Macarena de Medellín, la de los arcos que pintó Botero, no el coliseo sin gracia de ahora, cuando vi la serie más larga y lenta de naturales que he visto en mi vida brotar de su muñeca con una naturalidad que me dejó embelesado, es un privilegio que deberíamos tener más a menudo. Pero para verlo así hay que tener mucha suerte, o mucha paciencia.

He visto más a Morante, quizás he tenido más suerte... o bueno, también le he tenido un poco más de paciencia. Pero ya van cayendo hojas del calendario, sobre todo aquellas que tenían 30 fechas marcadas desde que "El arte no tiene miedo", y el de La Puebla sigue sin perdido. Es verdad, siempre deja algún detalle con el que sus "istas" pueden pasar la vigilia con el crédito intacto. A mí, personalmente, la media que está pegando en Sevilla desde hace más de un año todavía me deja permitirle muchas licencias. Y no sigo haciendo memoria porque seguramente termino justificando el petardo de hoy y, sinceramente, no procede.

El Fino y Morante tienen un estatus ganado a ley, porque han expresado en la arena la vertiente más artística, la más bella y sublime de la tauromaquia, por eso se les espera tanto que cuando los puedes ver de nuevo, en ese preciso momento, les tienes poca paciencia. O te emocionan o te cabrean. No hay términos medios. Les puedes perdonar que abrevien cuando el toro realmente no ofrece ninguna posibilidad para su toreo. Pero cuando su desgano es superior a las dificultades del toro, la frustración se convierte en insoportable cabreo, en una desazón que no se cura con facilidad y que, cuando se pasa, se acerca mucho a la depresión. Por eso es explicable el bajón que sentí al salir hoy de la plaza de toros. Por eso, y porque me había hecho tantas ilusiones con los toros de Montalvo, esos que han embestido en Madrid tan bien y tantas veces, y más recientemente en Sevilla, que lo de hoy me dejó derrotado.

Talavante no tiene el estatus del Fino, ni el de Morante, pero tiene todo el potencial para conseguirlo con creces. Lo que sí tiene Alejandro, que parece habérsele agotado a sus compañeros, es una ambición desmedida. Esa forma de dar el paso, de querer, de provocar y buscarle las vueltas al remiso, o de encelar y sujetar al huidizo, de proponer siempre una tauromaquia sincera, poderosa y, a la vez, de altos vuelos artísticos, es un plus que no parecen estar dispuestos a dar ni Juan, ni José Antonio. Al menos, así lo pareció hoy. Sólo por eso, Alejandro cada vez se va ganando más mi paciencia, más que nada, porque me la desgasta poco.

Hoy no puedo ver el vaso medio lleno, pero la amargura del cabreo (ya en camino de la depresión) me la estoy quitando con el paladeo de esa serie de sobrenaturales de Alejandro.

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