Sábado 20 de Enero | 10:01 hs

EN EL SITIO

Sobrevivir a la pureza

Sobrevivir a la pureza

Vi cojear al Niño de Leganés abriendo el paseíllo en el festival dedicado a su persona el otro día en Badajoz y me reconcilié con el toreo. La tauromaquia es eso: cojear con el nervio ciático destrozado. Mezclando en el paso rabia y nostalgia. Melancolía y naturalidad. ¿O no hay naturalidad en la elegancia del paso cambiado de un torero que ha sido cogido por un toro?

Escojamos la famosa palabra naturalidad. No se sabe por qué extraña razón todo se cuestiona desde ahí. No se sabe qué lo justifica. Ahora todo está mal. Hasta las ideas que en algún momento se antojaron como buenas, si son llevadas a buen puerto por otros son el mal personificado. Artur Mas toreando por navarras. Anselmi quitando la pierna a la verónica.

No entiendo qué lleva a alguien que pretende estar moreno durante todo el año a hablar de naturalidad y de fingir. Sorprende, además, que cuando siempre, desde todos los frentes, se ha abogado por hacer algo más masticable a la sociedad, no el espectáculo en sí, si no su acceso, haya ahora que dar el paso atrás porque las cosas le han salido bien a los demás. No me jodas. El gato de Schrödinger era complicado. Pero esta paradoja lleva camino de cambiar las leyes de la física, abrir la puerta a la cuarta dimensión y unificar la teoría de cuerdas.

Podríamos volver en una fantástica regresión al hecho primigenio. Sería el toreo el primer espectáculo que bordea el futuro pero decide dar marcha atrás. Una pirula para salir en ponle freno. Coger la máquina del tiempo para avanzar entre la caspa y plantarnos otra vez en el sepia. Ahora que estábamos cogiendo color. Ya echo de menos esas estampas en las entregas de premios de siempre. Un cartel cualquiera colgado de una mesa que, cosas de la pureza más torera, está presidida por el aficionado más antiguo de cada ciudad. Ahí. Mitad momia, mitad "esto ya no es lo que era".

Es curioso, una vez acudí a una entrega de premios dónde el que debía dar el discurso no podía ni parpadear. Pero eso sí, había una verdad incuestionable, atemporal e identitaria: no se parecía en nada a lo que está acostumbrado el gran público. Que no estaba. Ni si quiera aficionados en un acto repleto de taurinos. Suele pasar. Es esa la verdad que se defiende y que se busca en ver quién organiza la celebración más rancia. Pero ahí es donde hay que ir al reclamo de la gente. Adaptar la forma. No el fondo. Como si hay que meter al G-10 con los empresarios en una isla desierta llena de confesionarios. Qué más da.

Si cuando la mayoría entre y se asome va a ver al Niño de Leganés cojear y entonces sí entenderán la auténtica verdad de este espectáculo...

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