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El torero, héroe literario

'En esta España nuestra hay una vieja casta de hombres bravos: se les llama toreros y nacen con una ornamental vocación de morir. Ellos, agonistas de su juego mortal e innecesario, son ya, en este mundo sin religión ni héroes, los únicos que prolongan el sentido del rito bajo el sol, en una auténtica liturgia que tiene como coro al pueblo entero'

Ángel Álvarez de Miranda

El torero, héroe literario

Extenderse en consideraciones sobre la proyección e incidencia que la tauromaquia ha tenido en la literatura a lo largo de la historia, se nos antoja obra imposible en apenas unas líneas. El toreo, para bien o para mal, ha sido y es materia polémica y conflictiva, de ahí que su incorporación al campo de la narrativa haya sido continua y su temática reiterada en toda la historia de la literatura nacional, pero también extranjera. De este último apartado dan ejemplo Prosper Mérimée con su mítica Carmen, o incluso Gautier con su Militone, franceses ambos que recogen el aspecto estético y sociológico de la fiesta de los toros y contribuyen a la configuración de una serie de arquetipos –el bandolerismo, la mujer fatal y el toreador empalagoso son base literaria de la típica españolada- que otros literatos posteriores, también españoles, seguirán o aborrecerán.

Sin embargo, el toreo ya está dotado con carta de naturaleza mucho antes de que su tratamiento traspase las fronteras de lo hispano. Ya en los libros de caballería aparece referido el tema taurino y en ellos se glosan con tintes épicos las ceremonias de la nobleza y los toros. Así, en Tirant lo Blanch, obra escrita en catalán a finales del siglo XV, se describe un festejo celebrado en Constantinopla que tiene como referencia las fiestas de toros que se celebran con pasión en Cataluña o Valencia –¿es consciente de ello el actual nacionalismo prohibicionista catalán que excluye de "su" cultura el toreo?.

Pero es en los siglos XVI y XVII cuando el tema taurino se trata con otro cariz. Mateo Alemán, entre otros, lo hace en su Ozmín y Daraxa, también en el Guzmán de Alfarache, y Carlos de Cepeda hace lo propio con mayor intensidad en su Descripción de una fiesta de toros y cañas que celebró la Maestraza de Caballería de Sevilla en el año 1671. Hasta Lope de Vega refiere el tema taurino en El Caballero de Olmedo.

José María de Cossío mantiene que estas formas de observar e interpretar la tauromaquia tienen su origen en la tradición de los romances moriscos, que inciden en la descripción escenográfica de la fiesta. Será después cuando el costumbrismo popular y literario matice los textos dedicados a los toros. Quizá la contribución literaria más destacada en este campo sea la de Nicolás Fernández de Moratín, pero también Larra, después, aunque desde unos nuevos planteamientos tintados de romanticismo, se ocupa y preocupa por el tema.

Sin embargo, una novela como La Gaviota, de Fernán Caballero, establece las bases de partida para una nueva forma de enfocar la tauromaquia en la literatura, aunque algunos tratadistas la identifiquen más como un puente entre los narradores románticos extranjeros, los escritores costumbristas españoles y la posterior novelística del último tercio del siglo XIX, que es cuando se consolida definitivamente el género.

 

El toreo, como es fácilmente apreciable, forma parte indisoluble del acerbo literario de este país, un acerbo que se ha ennoblecido con firmas tales como las de Jacinto Benavente, Gregorio Marañón, los Quintero, Hemingway, etc, y que quizá tenga su cima en una novela que ha sido referente en la narrativa española desde 1908, año de su publicación. Esa no es otra que Sangre y Arena, de Blasco Ibáñez, pero de ella hablaremos en otro apartado.

Para terminar hay que hacer referencia a la producción literaria en el campo del periodismo de la que han hecho gala los innumerables rotativos españoles a lo largo de casi dos siglos. Merecería un estudio independiente y en profundidad por lo inabarcable de su contenido. Baste, para dejar prueba de su trascendencia, un dato indiscutible que corrobora esta afirmación: El periodismo taurino ha aportado al lenguaje común una riqueza de palabras y conceptos difícilmente superable en otros campos del ejercicio informativo.

Bajo el albero, las letras llenan de imaginación los cosos españoles. Solo es necesario hurgar, remover e indagar.

SANGRE Y ARENA

"Rugía la fiera: la única, la verdadera". Con estas palabras, Vicente Blasco Ibáñez describe en su obra Sangre y Arena a los públicos del único espectáculo de masas de aquel tiempo: el toreo, pero también traza la identidad de la sociedad española de entonces como lo hace en otras obras del mismo ciclo literario: La bodega, El intruso o La horda.

Sangre y Arena es la novela más universal y conocida de temática taurina, quizá esto sea debido al tratamiento cinematográfico del que siempre se alimentó. Hay que decir que la novela está inspirada en una obra anterior de Héctor Abreu –El espada-, quien denunció plagio por considerarla extraída en algunos de sus párrafos de la suya. En cualquier caso, Blasco Ibáñez demuestra conocer a la perfección el mundo del toro, hace una selección impecable y acertada hasta en los nombres de los protagonistas –Juan Gallardo es el matador- y da un tratamiento desapasionado a la fiesta de los toros, que es metáfora de una revolución social en ciernes y que quizá es necesario para poner la tauromaquia en el lugar que le corresponde. Ni más, ni menos.

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