Viernes 19 de Enero | 14:01 hs

EL REPORTAJE

La otra temporada

Lejos de la televisión, revistas o portales de internet, se desarrolla la otra temporada, esa que circula por pueblos de todo el planeta taurino

A un lado u otro del Atlántico, y siempre con el sabor que ofrece lo auténtico, lo imprevisible, lo que está exento de protocolos que miman los edulcorados cimientos de lo artificial. Allí se desarrolla la otra temporada.

Esta historia puede comienzar en un pueblo serrano cualquiera, de los que el mapa podría situar en la provincia de Teruel, Cuenca o Guadalajara. Pueblo rudo, esculpido a base de largos inviernos helados al fuego de la chimenea, y que convierte los estíos en escaparate para la celebración de sus fiestas patronales.

Llegamos a las doce menos unos pocos minutos, los justos que nos acercan a "en punto" a las afueras del municipio donde hace varias décadas se construyó una plaza de toros, ejemplo que ilustra la gran afición desmedida de los pueblos serranos por el toro.

Bajo un sol que cae a plomo nos colocamos en las duras tablas que delimitan la manga por la que un inminente tropel de bueyes, caballos y novillos desembocará en el ruedo bajo la mirada de gentes llegados de los pueblos colindantes y de turistas, muchos turistas, que dan vida a estos lugares hasta que los primeros aires fríos pregonen las nieves que cubrirán con un manto blanco los pinares que nos rodean. Los encierros a caballo son la seña de identidad más fuerte de la que pueden presumir muchos pueblos de las serranías.

A lo lejos, el gentío se anima y nos hacen intuir la llegada inmediata de la manada. Los gritos de los vaqueros y el sonido rotundo de los cencerros nos encogen el alma, mientras cientos de corredores se apresuran en tomar la puerta de la plaza donde tomar sitio seguro.

Ya llegan. Cabestros gigantescos acompañan en una carrera alegre a los erales que pasan delante de nosotros sin apenas dejarnos tiempo para pestañear.

Ya con bueyes y novillos dentro del ruedo, atravesamos las vigas que dan acceso a la plaza, para ubicarnos en el burladero, que está lleno de gente que no quita ojo a lo que acontece en el redondel. Unos repasan con mirada fija a cada novillo, presumiendo su futuro juego por la tarde. Otros se asombran del descomunal tamaño de los bueyes. Otros mueven el ganado, y los más osados se aproximan tanto a las reses, que un novillo levanta la cabeza en señal de medir distancias.

Ya con las ganas saciadas de contemplar los animales en el ruedo, ganadero y mayoral a golpe de voz, introducen los novillos en los corrales, devolviendo los bueyes al recorrido por donde vinieron. Ellos solos llegarán a la finca de la que partieron orientados por las querencias y por la costumbre que dan los años de haberlo hecho.

Después, tras las presentaciones pertinentes, las cuadrillas que acompañan a los jóvenes toreros, se sortean los novillos tras consenso de seleccionar que números entran en cada lote.

—Al ganadero le gusta mucho el número 2. Está en la línea de la casa, muy en Coquilla— apunta un buen aficionado antes de comenzar el protocolo.

—Los lotes van por tamaño. Dejamos el 10 de sobrero que destaca más por grande, y metemos los dos más chicos con los más descarados— responde en alto un banderillero.

Para los que se juegan la vida vestidos de torero, cada tarde deben de hacer frente a sus miedos, y cualquier detalle, inapreciable o sin importancia para la mayoría, supone un mundo de pensamientos, matices o sensaciones.

Acabado el sorteo y tras las indicaciones pertinentes al torilero al que informarán del orden de salida de cada res, partimos a un restaurante cercano. Son fiestas y el ambiente es inmejorable. Las cuadrillas se van a la habitación que hará de santuario hasta cerca de las seis, hora del comienzo del festejo. Delante de la puerta desfilan uno a uno los grandes coches que arrastran los van donde se transportan los caballos que participaron en el encierro.

Tomando unas frías cervezas poco a poco la calle se despeja. Es la hora de comer, y hasta en sus fiestas, un pueblo entero se paraliza para descansar durante un par de horas.

En compañía del equipo presidencial, la Teniente de Alcalde que hace de anfitriona y los acompañantes de los novilleros, nos disponemos a sentarnos a la mesa. Una abundante comida serrana sirve de hilo conductor a conversaciones que quedan en la intimidad de la mesa, pero con trasfondo tan profundo e importante, que en pocos minutos arreglamos el mundo.

—El negocio taurino vive de espaldas a la propia fiesta. No piensa en sus clientes— Apunta un comensal, siendo apoyado por el resto de acompañantes con numerosos argumentos.

—No se puede pedir que la gente apoye y defienda algo que no conoce. ¡La fiesta hay que enseñarla!

Pasan los minutos en un ambiente distendido y cordial, momentos en los que queda claro "el por qué te gustan los toros" y respondes a tantos momentos en los que has cuestionado tu propia afición. Cada palabra es tenida en consideración por el resto de oyentes, que acompañan con sus opiniones la charla, tornada ya en auténtico simposio.

Terminada la sobremesa, caminamos hasta la plaza. Ya con ambiente, llegan los caballistas que harán de alguacilillos. Una montura perla y otra torda —ya blanca— son ensilladas para dar una pequeña vuelta y templar el ánimo de cada animal.

Al mismo tiempo llegan los primeros aficionados, que se prestan a buscar el mejor sitio de la coqueta plaza serrana.

Los alguacilillos se van a un local del municipio que hará de improvisado vestuario y los espadas llegan acompañados de su séquito de confianza. El presidente con los pañuelos de colores en la mano conversa con la veterinaria que se presta animosa a desvelar vivencias corridas en otros pueblos.

Llega el Alcalde, impecable, que junto con su Teniente piden a una chica que avise a los alguacilillos.

—Diles que por esta puerta—

Éstos, se demoran en llegar. Uno de ellos, traicionado por las prisas que supone salir del trabajo, comer rápidamente, cargar los caballos y partir para el pueblo vecino, se dejó la camisa blanca que acompaña el traje de corto. No hay mayor problema. Un joven vecino de la localidad le presta una del tendedero.

—Ya estamos todos—

En pequeña procesión, las autoridades del pueblo, y del festejo, acceden a la plaza bajo el amparo del Alcalde. Desde el palco, el Presidente saca el pañuelo blanco que anuncia el comienzo del festejo.

Empieza la tarde. Atrás quedaron horas de trabajo, desvelos, equilibrios en el presupuesto municipal, largas conversaciones al teléfono, viajes al campo, sobresaltos impredecibles...

Pero es verano, y el pueblo tiene toros.

Escrito por CULTORO

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