Viernes 19 de Enero | 14:21 hs

EL REPORTAJE

Crónica de la intimidad

Retratar los momentos del toreo te acerca algunas tardes a saborear los sentimientos de ese hombre que se embute en el chispeante. Este de hoy se llama Miguel Ángel.

TEXTO Y FOTOS: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

De acuerdo, pues nos vemos el domingo a las 16:30… Nos despide José León, hermano y mozo de espadas de Miguel Ángel.

Y así, puntuales a la cita, llamamos a la puerta de la habitación 419 del hotel Wellington. Nos recibe José.

- Buenas tardes, ¿Qué tal estás?

- Muy bien, gracias, encantado de estar con vosotros.

- Mira, te presento al apoderado de Miguel Ángel.

- Encantado de saludarle y mucha suerte - le respondo.

Contigua a la suite, una puerta entreabierta deja ver una habitación en penumbra y una silla con un terno lila y oro. 

En ella, apurando el rato de descanso, se encuentra Miguel Ángel León. Transcurren unos minutos y se termina de abrir la puerta, al tiempo que se sube la persiana. Hecha la luz, aparece la figura del torero. "Buenas tardes", me dice. "Buenas tardes y muchas gracias en nombre de Cultoro por permitirnos compartir este momento", le respondo.

Se le ve tranquilo, sin el menor atisbo de tensión en su rostro, y con un gesto amable que transmite confianza. 

Me retiro un momento y cuando vuelvo se ha puesto los pantys; es el momento de empezar.
 

Se incorpora y pierde la mirada al frente, medita por unos instantes y se sienta a ponerse las medias, todo ello con esa sensación de que el tiempo pasa pero su transcurso es imperceptible.

La pausa, el reposo y el silencio, sólo roto para algún comentario entre Miguel Ángel y su mozo de espadas, caracterizan este rito inigualable de vestirse de torero. 

Cada movimiento, cada gesto, cada mirada, cada ajuste, evidencian la responsabilidad y la gravedad del momento, eso que ellos llevan por dentro y que sólo ellos conocen.
 

Lances al viento, una mirada cabizbaja, otra perdida, ahora al espejo, ese reflejo que te devuelve rostro figura y ante el que meditas y anhelas que lo mejor de la tarde esté por llegar.


Y como sin darnos cuenta el torero ya se ha vestido, se sienta en el cama unos instantes, mira al suelo, se mete en sí mismo y nos ofrece esa imagen que únicamente los toreros, y sólo ellos, te pueden ofrecer.

 
 

Le deseo mucha suerte, le agradezco nuevamente habernos abierto las puertas de su habitación y me voy hacia Las Ventas.

Hotel Wellington, Madrid, 3 de abril de 2016


 

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