Viernes 19 de Enero | 14:12 hs

EL TORO

Troncos fraileros

De Papillo o de la Verruga

Troncos fraileros

Aunque la historia se confunde con la leyenda en no pocas ocasiones, ésta nos muestra que en Andalucía, como en otras regiones de España, se han criado toros desde los tiempos más remotos. Muestra de ello es que en el antiguo reino de la Península Ibérica de nombre Tartesos ya existían toros.

Comprendía Tartesos la actual Andalucía, parte de Levante, y se extendía hasta el centro de Toledo, aunque su población se asentaba principalmente en la comarca próxima al estuario del Guadalquivir.

Por aquellos parajes pastaban y rumiaban los inmensos rebaños del todopoderoso Gerión, personaje mitológico al que mató Hércules, aunque estudios históricos parecen apuntar la posibilidad de su existencia real como rey de Tartesos. El origen de este reino se remonta al milenio II a.C.

Un breve paseo por la historia de esta vieja piel de toro, que es la Península Ibérica, nos permite recordar que los íberos probablemente a su llegada, fueran ellos los que introdujesen sus toros africanos. Los iberos tenían mucho culto al toro, le estimaban como animal sagrado e incluso lo sacrificaban desafiándole en espectáculos públicos, como ritos religiosos.

Con la llegada de los romanos, el antiguo reino de Tartesos se convierte en la provincia romana de ulterior más rica. Su riqueza se basaba en gran parte en la ganadería. Es conocido el gusto de los romanos por los ejercicios circenses con participación casi segura de todo tipo de reses en dichos juegos, aunque nada en común tenían con nuestra fiesta de los toros.

Cuando los moros invaden la península, ya se conocen aquí ciertas lides taurinas y probablemente se fueron aficionando y compitiendo con nuestros primitivos lidiadores en los períodos de paz, que también los hubo. Prueba de ello, al decir de los historiadores árabes, son los toros que se jugaron en Sevilla del 1018 al 1021 cuando Abud El-Hassan o Abul El-Kasen negó obediencia al califa de Córdoba y se erigió rey.

En los dominios cristianos la fiesta se desarrollaba con más intensidad, y prueba de ello son las hazañas del conde Buelna.

Hacia 1730 es cuando se pueden dar nombres concretos de ganaderos gracias a los archivos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, aunque solamente se conocen por su justa fama desde el comienzo del siglo XVII, los toros fraileros de los cartujanos de Jerez.

En otras regiones de España y dentro de siglo XVII también existen ya ganaderías como la navarra de Santacara, la vallisoletana de Raso del Portillo o la manchega de Jijón. En Andalucía como en las otras regiones serían seguramente los carniceros los encargados de escoger las reses para las diversiones por ser los que mejor conocían donde se encontraban las mejores.

Los frailes estuvieron entre los primeros, junto a las familias más importantes, dedicados a la crianza de reses que después tenían como destino las plazas o los lugares donde se corrían toros. En principio no es que fuese una excesiva afición taurómaca, más bien fue puramente mercantilista, ya que los rebaños de reses eran un bien sometido a lucrativa venta y esto movía aquellas comunidades a formar sus ganaderías.

Los conventos de los frailes que en el siglo XVII gozaban de grandes extensiones, tenían ganados de diversas procedencias, y probablemente   esos toros proviniesen de los diezmos que alguna de estas instituciones cobraba en especie a los ganaderos y agricultores.

A pesar de tener hatos de ganado de procedencia diversa, estos frailes tenían una orientación selectiva rudimentaria en relación con lo que hoy se viene realizando. Esta apreciación se hace respecto al ganado bovino, pues en el caballar hicieron una raza propia, con proyección más universal (el caballo cartujano).

Entre las reses más destacadas figuraban los cartujanos de Jerez, que se conocían como los toros de papillo o verruga, nombre dado porque los frailes señalaban haciéndoles un pequeño corte trasversal en la papadilla. Supuestamente eran marcados por lo grande y extensa que era esta vacada.

Aparte de los cartujos de Jerez, existieron otros conventos que también criaron ganados, como los de la cartuja de Sevilla, el Convento de San Isidro de Sevilla, la Santísima Trinidad de Carmona, el convento de San Jacinto de Sevilla y algún que otro más.

En el siglo XVIII los conventos y las principales familias acaparaban la crianza de reses bravas en Andalucía pero los distintos períodos de desamortización a lo largo de los siglos XVIII y XIX  obligando a enajenar tanto fincas como propiedades ganaderas de las llamadas "manos muertas", es decir, las órdenes religiosas que no tributaban, así como las prohibiciones a la obtención de nuevos bienes, hizo que el ganado frailero terminará finalmente en manos de los particulares. De este modo, en Andalucía surgieron una serie de raíces fundacionales de toros de lidia. Las más míticas y procedentes del ganado frailero fueron las de Cabrera, Gallardo, Vázquez y Vistahermosa, otras menos famosas son las de los Espinosa y los Zapata.

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