Viernes 19 de Enero | 14:00 hs

SENTADO EN MI DEHESA

La vaca alambrada

La vaca alambrada

Aquella mañana fueron el mayoral y un vaquero para ayudar al personal de una ganadería vecina  al desahijado,  operación que consiste en separar las vacas de sus crías para herrar a éstas al día siguiente.

Todo fue normal hasta que una vaca berrenda - pelo de color mezcla de blanco y negro - salió huyendo de los caballos y en su obsesión de saltar al cercado vecino se quedó atrapada en la alambrada que lo separaba. Era de un alambre grueso y cuanto más se movía, la vaca prácticamente más se quedaba enganchada.

Había que liberarla de esa situación y el procedimiento era un tanto complicado. En un pequeño comité se acordó que uno de los vaqueros permaneciese a caballo cerca de la vaca y los demás, a pie y una vez llevadas las cabalgaduras a una distancia prudente, tratarían de sacar a la vaca del apuro. El hijo del ganadero se sumó a la faena con otro caballo para colaborar en el quite.

El mayoral de la casa cogió de la cabeza a la vaca y junto a otro vaquero tiraban de ella, mientras el otro mayoral de refuerzo separaba los alambres con un palo. Así, el forcejeo durante unos minutos de tensión hasta que la vaca, con unos bruscos movimientos finales, se libró de la trampa. El problema eran los de a pie pues aunque el mayoral le sujetó unos momentos la cabeza contra el suelo, y antes se habían liado las dos patas traseras con una soga, sin anudar, la vaca tardó pocos segundos en levantarse y deshacerse de esa soga. Así que inmediatamente pusieron pies en polvorosa en dirección a los caballos, mientras el vaquero montado citaba a la vaca con la garrocha para llevársela "toreada" hasta el resto de la vacada. Dos perros colaboraron en la labor de achuche y distracción.

Es cierto que el animal estaba algo anquilosado por la persistencia del esfuerzo antes de su liberación, lo que dio tiempo a los dos vaqueros y al mayoral para evadirse del peligro. El suceso, incógnita y susto,  acabó felizmente pues nunca se sabe a ciencia cierta la reacción, aunque se preveía que embistiese a los caballos como motivación más cercana.

Me lo contaba el mayoral de la finca vecina con esa parsimonia que tienen los hombres de campo, sin dar demasiada  importancia a la faena. Una más- decía – que a veces tocan estas cosas en el quehacer diario. Tampoco era la primera vez que andando con este ganado bravo te ves en una situación parecida. Había que hacerlo, se hizo, y gracias a Dios todo salió bien, como te lo cuento.

La tarde parecía sonreir cuando se marchaba hacia la raya de Portugal, mientras yo le daba al mayoral amigo una afectuosa palmada en el hombro.

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