Viernes 19 de Enero | 14:02 hs

SENTADO EN MI DEHESA

El novillo pirata (I)

El utrero Cumbreño iba a encerrarse para las fiestas de un pueblo

El novillo pirata (I)

Parece el titulo de un cuento infantil pero es la vivencia de dos días en una ganadería de las llamadas de segunda, por no lidiar, generalmente, en plazas de cierta importancia y en festejos con picadores. La finca se extiende al pie de la sierra y por su altura media tiene unos inviernos rigurosos, heladas y nevadas, y unas primaveras florecientes de pasto y verdor.

El becerro había nacido en las laderas de la finca, entre los breñales, piornos, tomillos salseros y cantuesos nazarenos, puro aroma serrano. Su madre, una vaca negra bragada, había venido con otras veinte de una ganadería cercana, compradas para reforzar los efectivos de la explotación. Aquellas vacas, además de tener mucho temperamento, habían extrañado la nueva finca y tardaron casi un par de años en aquerenciarse con el resto del ganado.

Si te acercabas, corrían como ciervos entre el paisaje. Solamente se fueron juntando cuando en invierno, a la llamada del instinto, acudían a la paja y la hierba seca que se repartía en una explanada cercana a la casa, y los becerrillos se juntaban en grupitos, como si de amigos escolares se tratase.

En el herradero, al becerro se le puso Cumbreño, por lo de la cumbre como habitat suyo, y cuando cumplió los tres años se había hecho un buen mozo, de aparente cornamenta y trapío pero un tanto reservón.

Al comienzo del verano, cuando el día se alarga en noche de rutilantes estrellas, hubo que encerrarle, con otros tres, para las fiestas de un pueblo. La tarea solía transcurrir por cauces normales aunque algún evento podría suceder, y sucedió.

Llevamos los  cabestros hasta el prado del Echadero donde estaban los utreros. Una vez dentro, Sebas y Andrés, dos hijos del ganadero titular, ya mayor, y un servidor como apoyo, dejamos los bueyes en un rincón del prado y yo me quedé con ellos para que no se dispersasen. Empezaron a apartar cuatro novillos y algunas carreras les costaron pues el jodío Cumbreño se negaba a dejar a los demás. Al fin la comitiva salió por la portera hacia la cañada, llevando al silencio campero el esplendor del ruido de los cencerros, del alambre que decían antiguamente por Colmenar Viejo.

Al paso por el regato que bordea el retamar, el novillo volvió a hacer un ademán de escabullirse pues los bueyes iban un tanto lentos, pero Sebas, con un galope inmediato, le retornó enseguida a la tropa que aun caminaba despacio, hoyando con sus pezuñas el ancho pastizal. Fue una especie de aviso.

Al avistar los corrales, se apretó al ganado con un galope corto y las clásicas voces. Entonces, Cumbreño hizo un extraño, se volvió y arrolló a la yegua de Andrés, sin derribarla, pero cayendo su jinete al suelo por el impacto de la embestida. ¡Me cagüen el..! tronó Andrés. El novillo retornó a la libertad de la dehesa y el amigo se dislocó la muñeca, con lo que la operación se dio por terminada.

- Este novillo es un pirata -apostilló Sebastián, después de asimilar la estampida y el susto. Y con ese adjetivo se quedó hasta otro día de agosto en que hubo que doblegarle, pero ya con ayuda ajena como contaremos.

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