Viernes 19 de Enero | 14:03 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Los ojos del toro

Los ojos del toro

Eduardo del Rey Tirado, un notable aficionado sevillano, cuenta que, respecto al comportamiento del toro en el campo, a su mirada y figura, su padre le oía decir a su abuelo: "si cuando ves un toro sientes un hormigueo diferente, como un sentimiento de afinidad simpática, cultiva ese latido y llegarás a saber algo de esto...".

En un plano menos poético, y en el conocimiento de ese toro, sus ojos son, lógicamente, distintos a los nuestros, ven menos de lejos pues están adaptados a otras finalidades, principalmente pastoreo, relación con la manada y defensa instintiva de los ancestrales depredadores. No necesitan, por ejemplo, la finura de percepción de los felinos que tienen que localizar y cazar, incluso de noche, para subsistir.

La colocación de sus ojos en la cabeza es más lateral que en los humanos. Ello les permite un mayor radio de acción de su mirada. Así, si dos personas miran a la vez un cuadro, uno al lado del otro, su visión binocular se centran en lo que tiene enfrente y prácticamente no se ven uno a otro. Si dos toros miran, también uno a lado del otro, un objetivo común, se distinguirán a la vez la cabeza incluso una parte del cuello.

En cuanto a los colores, los bóvidos no los diferencian como los humanos. Tienen solamente la percepción  de un  gris, más o menos intenso según refleje la luz el color que tiene enfrente. El negro, el azul y el verde, absorben la luz; el blanco, el amarillo y el rojo, por ejemplo, la reflejan, lo que en lo ojos del toro se motiva más la embestida.

 

La propia separación de la colocación de los ojos del toro, y de la vaca,  en la cabeza motiva que se le forme lo que se llama un cono de sombras enfrente y en cercanía. Es una zona donde el animal no distingue bien por ser su visión monocular, de un solo ojo, circunstancia que se aprovecha en el toreo para lo que se denomina cruzarse con el toro, o sea, ponerse enfrente, a una distancia de un metro más o menos, donde el toro no distingue la figura del torero, y colocarle la muleta en la visión de uno de los dos ojos para provocar mejor su embestida.

El ganado bravo, por su condición de herbívoro y rumiante, cabeza agachada para el pastoreo y descanso posterior para la rumia, fía su defensa al oído, mucho más desarrollado que el nuestro, y al aviso del gregarismo de la manada.

Cuando entraba en el prado y observaba la mirada de un toro, frente  a la mía, como estudiándonos los dos, él arrogante, yo sumiso y confiado, recordé el final de la recomendación del abuelo de Eduardo del Rey, que encabeza este artículo:... Porque el toro bravo es un ser distinto de todos. Es la libertad esculpida en músculos de nobleza, y la libertad merece el mayor de los respetos.

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