Viernes 19 de Enero | 14:27 hs

SENTADO EN MI DEHESA

El abrazo del campo

El abrazo del campo

No figura en mi ascendencia ningún ganadero de reses bravas, ni mayoral siquiera. Pero en mi código genético, por aquello de los caprichos de la vida, está escrito mi amor por el campo, especialmente el bravío.

Cuando en ese silencio campero, que es armonía de la naturaleza, piso la hierba renacida de primavera, siento una emoción difícilmente expresable. Voy despacio, respiro el aire de la dehesa, contemplo la encina matriarcal, o el roble de otro verdor, y las siluetas de los toros o las vacas como contrapunto del verdor de abajo y el azul de arriba. Y disfruto.

¿Demasiado romántico...? puede que sí, pero ya Juan Belmonte comentaba con un amigo que "hay aficionados que entran en una especie de éxtasis revueltos entre vacas de casta". Y quizás sea mi caso. Miguel de Unamuno, hombre de carácter arisco, de reacciones impetuosas, se confesó no partidario de las corridas de toros, siguiendo la línea de pensamiento de la Generación del 98, pero escribió: "he pasado algunos de mis mejores ratos en una ganadería de este campo, y dibujando". (Se refería a la ganadería de Antonio Pérez Tabernero). Algo tendrá ese campo...

Venga con nosotros, amigo lector, que vamos al prado de los toros. Nos acompaña el mayoral de la ganadería. Abrimos la portera, la cancela por el sur, y entramos. Ellos están comiendo o sesteando, según la hora. Andamos despacio, como hay que hacerlo, para que no se alboroten demasiado. El mayoral les habla en tono amigable y pronuncia unos sonidos guturales que los toros conocen. Levantan la cabeza, nos miran, nos escrutan las intenciones. Seguimos caminando lentamente a una prudente distancia (mas cerca de lo que se piensa) y los toros se dan la vuelta y se alejan un poco, andando, o corriendo, según su temperamento o las veces que hayan visto al hombre de cerca.

Dentro del cuerpo sentimos una sensación de satisfacción, una especie de emoción contenida producida por el misterio de la bravura, traducida en un comportamiento desconocido por muchos aficionados que solamente le han visto en la plaza, en el momento supremo. Hemos llegado a los comederos. El mayoral les sigue hablando y nos sentamos. Los toros han vuelto su mirada hacia nosotros previsiblemente confiados. Conocen la voz amiga y valoran nuestro saber estar que ellos no identifican como molestia o provocación.

Hay un cárdeno precioso, dos colorados juntos que parecen gotas de agua, otro negro bien armado, todos ellos prototipos de la belleza del toro de lidia. La tórtolas siguen con su rum rum peculiar y las nubes, que pasan encima blancas y vaporosas, el eco de los cencerros de los bueyes en otro cercado, el paisaje y el toro son una especie de abrazo del campo, el que te hace volver sobre todo si ese toro es centro de tu afición.

Alfonso Navalón, un excelente crítico taurino salmantino ya fallecido, contaba en un artículo que un ganadero charro, sintiendo el final de su camino, pidió a sus hijos le sacaran del hospital y le llevaran a la finca. Allí, sentado en una butaca del comedor cercana a la ventana o en un sillón en el porche de la casa vivió sus últimos días contemplado lo que había sido una parte importante de su propia vida. Lo recuerda Paco Cañamero, periodista salmantino también, en un buen libro sobre Navalón que recomiendo, pues este critico fue de los que más entendió y apreció al toro en su entorno natural, además de haberse puesto delante en bastantes ocasiones en tientas y algún festival.

Ya hemos vuelto del prado, comentando con el mayoral el trapío de los toros, su condición, y acaso recordando alguna de estas pequeñas historias ganaderas que allí, en el campo, venían a cuento.

Como eco de esta visita ficticia al campo del toro, pruebe alguna vez, si tiene ocasión, a hacerlo. Verá el sentimiento que nace como si una música callada se oyera, como la oía del toreo José Bergamín. Así, sentado en la dehesa, me ha brotado el relato como el agua que mana de la fuente serrana que es también un susurro callado en homenaje a la misma naturaleza.

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