Viernes 19 de Enero | 14:19 hs

SENTADO EN MI DEHESA

El novillo pirata (II)

El novillo pirata (II)

Aquella mañana era la típica agosteña. El sol apretaba en lo alto y el pasto iba tiñéndose de un amarillo intenso como dando su adiós veraniego a la pujanza primaveral. Días antes, se había hablado con el mayoral del Conde y a las diez asomó por lo alto del collado el refuerzo solicitado: dicho mayoral, dos vaqueros, seis cabestros berrendos y tres perros. Había que encerrar al novillo pirata, faena a la que ya no tenían confianza en la finca por falta de efectivos a caballo y por el propio temperamento del animal.

El novillo había hecho cuartel entre el retamar y cuando nos acercábamos a pie salía huyendo hacia algún el alto, al cobijo de los restos de un antiguo convento que había en la finca. Si lo hacíamos a caballo, levantaba jaquetón la cabeza y no se movía del sitio, avisando con sus gestos y ademanes que no estaba dispuesto a volver al corral ni al cercado, por lo que se desistió de moverle hasta nueva ocasión.

Tras los saludos al personal de la otra ganadería, enseguida comenzó la labor. Preguntaron cuál era el "interfecto" y una vez localizado entre la vacada reunida cerca de la casa, se metió el mayoral y el vaquero joven con los caballos para apartarle. Como sabía latín enseguida se cercioró por donde iban los tiros y salió de naja a su querencia. Con cierta sorna, el vaquero mayor gritó: ¡Al toro, que es una mona!, y galoparon tras él mientras azuzaban a los perros: ¡Anda con él! ¡Vamos, vamos! Sebas y el vaquero mayor empujaron a los cabestros en la dirección del fugitivo que ya empezaba a sentir el acoso de los perros. Éstos, mientras ladraban, le tiraban bocados al novillo, la perra vieja al rabo, que la experiencia es un grado, y los otros dos a las manos y al belfo.

Expectante en la lejanía del cuadro ganadero, tengo bien grabada aquella imagen. Trascurridos unos diez minutos de carreras del novillo, caballos y perros, el pirata se convenció de la inutilidad de la huida y medio acobardado se aculó al medianil del prado de abajo. Enseguida llegaron los bueyes y, como alma que lleva el diablo, enseguida se refugió entre ellos para librarse del acoso de aquellos canes, una especie de cruce entre alano y boxer, con cara de pocos amigos.

En dirección a los corrales "Cumbreño" no hizo ningún ademán de escape y acabó entrando bien arropado por los bueyes. El personal bajó de los caballos satisfecho y fuimos a la casa para degustar unas buenas lonchas de jamón, unos trozos de chorizo casero y un confortador vaso de vino mientras se comentaban los avatares como de costumbre. Pasado un cuarto de hora, salí de la casa y me asomé al corralón. Allí estaba el novillo jadeante, con un aire menos altivo y desafiante como resignado a su nueva situación, mientras los cabestros apuraban el pajuzo de los pesebres, a la sombra de la tinada.

Afuera, el sol iba calentando y enfilando el mediodía. Un milano planeaba el tranquilo azul del cielo dando de vez en cuando ese chillido característico y una vaca mugía llamando a su cría. A lo lejos se oía el bronco turreo de un toro. Era la libertad,  y por mis adentros dije: ¡Pobre pirata!, pero volví a la casa entendiendo su ayer, su hoy y la nueva mañana de su bravura, protagonista principal de una fiesta ssingular.

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