Viernes 19 de Enero | 14:24 hs

SENTADO EN MI DEHESA

El toro huele el viento

El toro huele el viento

Los sentidos del toro, vista, oído y olfato, definen una parte importante de su comportamiento en el campo y en el ruedo. Ya escribimos en otra ocasión que el toro no percibe los colores como los humanos, sino unos tonos grises, mas o menos intensos según la luz. O sea, que ese temor corriente a vestir un jersey rojo cuando estás cerca es técnicamente infundado.

Si el toro, comparado con el hombre, tiene menor percepción visual, oye muchismo mejor, y el sentido del olor supera con creces el de los humanos. Es la propia naturaleza adaptada al entorno y a la función pues, por permanecer agachado en el pastoreo, fía más al oído su instintiva defensa.

El toro, con sus mugidos, se comunica con los otros toros, bien sea en actitud defensiva, escarbando en la tierra, u ofensiva desafiando a otro toro por la disputa de alguna parte del prado que tiene como querencia por su frescura o como dormitorio, o el dominio de la propia torada, actitud permanente y propia de los animales gregarios.            Conozco hasta cinco modos distintos de mugir el toro según circunstancias, siendo el más corriente un mugido bajo,  prolongado e intermitente que se llama reburdeo  que suele acabar en otro alto, el piteo, aunque en algunas regiones ganaderas se conozcan ambos con otros nombres. El mugido de las vacas, llamando a las crías, tiene otra tonalidad distinta, igual que el más rasgado de un toro cuando es acometido por el ganador después de una pelea y al principio de la huida.

El finísimo olfato sirve para distinguir en el acto las plantas tóxicas y para asegurar la reproducción ya que las vacas en celo emiten un olor característico debido a la secreción de determinadas feromonas.Además, el toro tiene fijados los olores que le rodean en su vida campera: la hierba fresca, los otros toros, el pienso, los corrales y, quizás exagerando un poco, el propio mono de trabajo del mayoral y los vaqueros. Por ello, extraña el olor del camión, de los corrales y después de la plaza.

Yo he visto, en silencio, un toro encerrado en una corraleta, olisquear las paredes con unos entrecortados y bajos de tono resoplidos nasales, tratando de identificar dichas paredes desconocidas. Y en cuanto al oído, he entrado en el prado, pisando muy despacio, en completo  silencio, procurando que algún toro más cercano no se enterase de  mi presencia. Y si estaba en postura de pastoreo, en dirección contraria lógicamente, chistarle bajito dos o tres veces hasta que enseguida capta el pequeño ruido, y se vuelve levantando ya la cabeza en actitud de curiosidad y acaso desafío. La dirección el aire  influye obviamente en la experiencia.

Las voces del torero: ¡eh! ¡eh", motivan también, junto a la figura del hombre y el movimiento de la muleta, la embestida, tanto en la plaza como en la faena campera de prueba de las futuras madres de la ganadería, la tienta. Y no es que el toro literalmente se asuste sino que esas voces, a su fina percepción auditiva,  producen como un sobresalto mayor que a otras especies, peor dotadas de esa cualidad,  como los felinos, por ejemplo, que necesitan más la vista para la caza y el sustento diario.

Hay un cuarteto, cuyo autor creo fue Rafael Morales, que cantó muy bien al toro y al toreo en poesía, que dice así:

El toro huele el viento y oye el ruido

que el mayoral no sospechó siquiera.

El sentido del toro es un sentido

con el hombre y la tierra por frontera.

Pues ya lo sabe, amigo lector, cuando vaya al campo bravo no le importe el color de la camisa pero ande sin prisas y sin ruidos y podrá apreciar la belleza del toro de lidia en todo el esplendor de su figura y paisaje.

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