Viernes 19 de Enero | 14:29 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Aviador, cabestro aristocrático

Aviador, cabestro aristocrático

Hacía tiempo que no iba por la Masía Alejos, ese pequeño escaparate del toro bravo, al pie mismo de la capital. Y una tarde de otoño, cuando el sol se marcha a sus echaderos malvas, dejando el pastizal yerto, acudí por allí pues el toro, aun en versátiles y originales cercados, es atractivo para quién en él se entiende.

Y allí estabas, viejo cabestro. En un corral, asaz destartalado, haciendo compañía nada más y nada menos que a un guardiola que por allá había ido a parar desde los corrales de una plaza de toros, en su condición de sobrero. Meses después sería un toro de la calle en algún pueblo rumboso y fiel a sus tradiciones, pero allí estaba. Avatares de la vida: tú de última escolta para un guerrero de linaje.

Nunca me gustó llamarte manso, que tal condición solo reservo para quién nació con el destino de bravo y se quedó a mitad del camino. Si acaso buey, pero tampoco me encaja para ti, que la denominación la reservo para las paradas en las dehesas de trascendencia, donde la enjundia y colorido de las faenas camperas dignifican esa acepción, alejándola de la sentencia escrita en de La Celestina: ¿Dígame bachiller, donde irá el buey que no are...?

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