Viernes 19 de Enero | 14:23 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Un encuentro inesperado

Un encuentro inesperado

En la ganadería del artículo anterior tengo vivencias y anécdotas. Una de ellas fue el casual encuentro, casi cara a cara, con uno de los sementales, allí a pie firme.

Detrás de la casa de la finca hay un amplio corralón, un vaqueril, cercado por paredes de granito salvo en la cara oeste que lo limita un largo encerradero donde se guardan el heno y la paja para el sustento invernal y sirve también para el sesteo de algunos de los animales, generalmente de los de mayor poder que no suelen compartir la cercanía de su comodidad con los demás.

En aquella mañana agosteña, después de dejar el coche al pie del caserío, me dirigí a la pared norte del vaqueril para fotografiar. por aquello de la dirección del sol, a ocho toros, ocho buenos mozos, que había allí encerrados. Iba por la sombra de la pared de dicho encerradero a dar la vuelta y unos diez o doce metros antes de llegar a la esquina me apreció un toro negro, largo, que enseguida reconocí como uno de los sementales.

Según mi saber y entender, el toro, que había oído mis pasos, incluso olido mi presencia, debía haber salido al trote hacia su campo, a la querencia de un lote de vacas que estaban de sesteo al vientecillo de una loma cercana. Pero el toro recorrió unos metros y se paró volviendo la grupa durante unos segundos. En ese momento les aseguro que no reviví aquellos versos que decían: nos quedamos un instante, mirándonos frente a frente; él, bramando de arrogante; yo, callado de valiente.

Por mi cabeza pasaron  rápidos pensamientos y opté por recular paso a paso con el rabillo del ojo haacia un montón de ladrillos que, apilados junto a la pared del encerradero, tenían una altura de un metro aproximadamente. Naturalmente pasé mi correspondiente miedo pero, gracia a Dios, tras esos duros segundos, (les juro que no les conté) el animal siguió su trotecillo hacia la parte de la vacada que he referido, como diciendo adiós al inoportuno alterador de su descanso.

Cuando le veía alejarse a paso ligero pensé en algún quite celestial pues si le hubiera dado por embestir, cosa no habitual en el campo abierto, no me hubiera amparado ni la caridad, como se dice. Y me acordé de esa máxima ganadera: lo que no acurre en veinte años, sucede en un minuto de un día cualquiera. Después, casi no me atrevía a seguir mi camino pues, ¡qué sé yo! podía haber alguna vaca escondida un poquito más allá que no hubiera detectado mi presencia... pero lo hice y encontré el terreno exento de otra dificultad. Fotografié los toros y regresé a la casa.

Cuando les conté el encuentro me dijeron que era un toro de buen carácter, noble que se suele decir coloquialmente, como para tranquilizarme  del evento. ¡Anda que si  te agarra..!, me dijo socarrón Finito, el vaquero. Pues nada – contesté- que no estaría ahora tomándome este vaso de vino y este trozo de queso que os aseguro me parece más gustosos que nunca.

Allí, sin morbo alguno, recordamos a un amigo ganadero fallecido meses atrás a consecuencia de la cogida de un toro suyo que, con un fuerte golpe en el pecho, agravó una deficiencia pulmonar que padecía.  Aquel ganadero me dijo que cuando iba a dar una vuelta a las vacas, como el terreno de su finca era algo accidentado, piedras, carrascas y matorral alto, iba silbando para que le oyera alguna que pudiera estar con la cría detrás de alguno de esos refugios naturales. El día de la cogida, en el cercado al que había entrado en muchas ocasiones, el toro debía estar pegado por otros por la noche o enfermo, o simplemente tuvo una reacción inesperada, de mala suerte para el amigo.

Otro día de invierno, uno de los ganaderos con los que hablaba, se bajó del todo terreno para esparcir el heno en pastillas por el suelo, y cuando acabó sacudió el saco unas cuantas veces. Otro semental colorado, que se asustó, pensó que le citaba o algo parecido, le propino un par de volteretas sin otras consecuencias que el golpe y también el susto. Así que se lo recordé y también sonriendo me dijo: pero eso fue hace ya mucho tiempo...

Y seguimos en el aperitivo y la conversación. Mientras, el campo se iba durmiendo de sol y calor y el suceso pasaba a formar parte  de la pequeña historia de cada día y de cada uno, aunque tardara en olvidar aquello que ya lo había asumido como el pago de mi afición campera.

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