Viernes 19 de Enero | 13:53 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Aquella tarde

Aquella tarde

Después de bajarte del camión, así acostumbrado y decidido (foto), .desencajonamos directamente en el ruedo. Primero seis de una ganadería que no recuerdo. más livianos en carácter. Los seis fueron saliendo de los cajones, uno por uno, y con un pequeño amago a tu amplia fachada se pusieron a corretear por la arena. Toros y cabestros a los corrales y la siguiente corrida lista para ir sacándola del camión.

Se abrieron las trampillas  y saltaron al ruedo los toros pedrajeños del Marqués de Albaserrada, cornalones en playero, impetuosos y pendencieros de casta, y mi olfato se lleno de aromas de campo. Uno  a uno irrumpió del camión como para comerse al mundo. Y uno  a uno fue enfrentándose contigo, enredando su cornamenta en tu testuz mientras aguantabas impávido sus acometidas sin perder un ápice de tu terreno. El Canario y el Lucero, tus compañeros de cabestraje y de faena, temblaban de miedo y juventud detrás tuyo ante aquellas avalanchas. Solamente al final, viejo guerrero, te acercaste hasta la barrera, sangrando ligeramente por los ollares, pidiendo un merecido y sereno descanso al frescor de los corrales.

Al año siguiente, ya dentro de esos corrales, repetiste la faena con los galaches, bureles muy temperamentales. Allí, en el centro del corral, apalancado, les fuiste diciendo en mugido bajo y persuasivo que, aun castrado, te quedaba dignidad y fuerza, y gallardía, para no correr alocado cuando aparecían por la puerta oscura de la báscula del pesaje, trazando cornadas al aire. Al día siguiente, la de cal. En las faena de enchiqueramiento nos exasperabas: ¡Puerta, Aviador!... y nada. Eras como esos toros parados en la lidia, "toros inmuebles" que llamaba el ganadero Paco Aleas, que daban ganas de empujarlos desde el tendido para que embistieran. ¡Aviador, puerta...! y que si quieres...Pensarías eran faenas menores, para cabestros corrientes de corraletas, acaso de "pies de ave" como se decía por Colmenar Viejo.

Cuando estaban enchiquerados los seis toros, la mañana de la corrida, tú comías de los pesebres como diciendo: Yo ya hice mi faena, apañaron vosotros ahora. Y El Canario y El Lucero, se guiñaban el ojo complacidos de la ironía de su maestro.

Siempre fuiste dócil, de manejo fácil y accesible, como si de filosofia vacuna se tratase. Hubieses servido, creo yo, para buey del Portal de Belén. Y te figuro adormilado en el pajuzo y la Virgen diciéndote: Aviador, anda, lame un poco al Niño que debe tener frío. Y levantando tu humanidad vacuna, te acercarías al pesebre, pausadamente, eso sí, para dar una docena de lengüetadas al pequeño que, seguro, te sonreiría cuando sus mejillas se orlasen del color rosa, antes de quedarse dormido. Luego retornarías a tu cama pasajera para dormitar y acaso soñar con praderas infinitas donde pacer eternas primaveras.

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