Viernes 19 de Enero | 14:25 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Los toros del invierno

Por estas fechas, las dehesas salmantinas y castellanas van pareciendo campos de silencio, amparados de encinar, de matorral o peñascal

C. B. Campero

ILUSTRACIÓN: JUAN IRANZO

Cuando los días se acortan, las noches del campo se estiran mucho, demasiado, hasta las luces del alba. Por estas fechas, las dehesas salmantinas y castellanas van pareciendo campos de silencio, amparados de encinar, de matorral o peñascal, o llanada amplia y despejada de fríos valientes. Algún día hay que romper el hielo de la charca para que abreve el ganado, y todas las mañanas, el ruido del remolque de heno y paja arremolina a las vacas repartiendo las calorías necesarias para tirar p’alante.

Es duro el invierno en el campo de la España de adentro, pues por tierras extremeñas y andaluzas esta estación no es sino un otoño largo y apacible, si llueve a modo. En las dehesas del frío, cuando hay que apartar, encerrar las reses para vacunar o simplemente dar vuelta a ver las paridas, en lo alto del caballo baja el termómetro, se te quedan como ateridas las piernas si hay llovizna, y cuando viene la ventisca, la cellisca, se te tuerce el gesto de la cara.

Al vaquero y al mayoral les entra los peores genios si la vaca se marcha, o se ensota, y las voces disonantes vuelan rasantes bajo las nubes camperas por la premura de la faena y la cortedad de la luz diurna. El ganado se lo toma con mayor tranquilidad. A la fuerza, claro está, pues la falta de comida parece inmovilizarle en el ahorro de esa energía vital que por entonces ni le viene del cielo ni del suelo. La naturaleza le ha dotado de un mecanismo termorregulador como el pelo ahuecado, formando una especie de cámara aislante del frío. Así hasta llegado el mejor tiempo que pelechan, tiran ese pelo, y les sale el lustre primaveral.

Al atardecer, cada res busca su querencia. Al pie de la pared, de una roca, de una carrasca, en la junquera, a orilla de la casa montaraz o a la vera de un montón de leña, restos de la poda del encinar... Y la conserva, si puede, y regresa cada noche al mismo sitio. Y tardará en tumbarse si el pasto está mojado, permaneciendo de pie al relente como adormecidos a lo caballuno.

El ritmo circadiano, corporal, se adapta a la estación, en la ley del mínimo esfuerzo y del instinto gregario. Si llueve, quietos; si el agua viene racheada, a protegerse enseguida al cobijo de la pared, de los peñascos o el sotobosque, y si barruntan la nevada, a los altos, donde la nieve se ventea más para evitar que las vacas jóvenes o las crías se queden entrampadas en los ventisqueros.

Pero en las largas noches del crudo invierno acaecen sustos en la vacada. Por las dehesas salmantinas, cercanas a la Sierra de Francia, han vuelto los lobos. Y cuando el hielo se adueña de los altos, bajan a los prados a buscar el sustento. La llegada del lobo es detectada enseguida por la vacada, comenzando un concierto de mugidos de alarma. El ganado busca raudo el descampado para formar unos corros, grupa hacia el centro, donde proteger a las crías.

Me contaba Paco Galache Calderón que por su finca charra de Campocerado hace tres o cuatro años bajan los lobos, especie protegida, por otra parte. Los vaqueros, en la vuelta de las mañanas, saben si ha venido la loba sola o lo ha hecho con los cachorros ya criados. Según sea, habrá alguna baja en los terneros si la caza se ha dado bien, o se han atrevido con el cercado de los añojos, donde pueden matar dos o tres aunque solamente se coman uno, siguiendo su instinto el predador.

Desde las casas de la finca, en el silencio nocturno, se puede oír el alboroto de las pisadas de las alteradas reses en el pastizal. El lobo es paciente y astuto y no para de dar vueltas alrededor del círculo defensivo de la vacada hasta que un becerro se asusta o se despista y se aparta del corro, para echarle mano. Con los novillos y los toros no se meten por aquello del beneficio del sustento con el menor riesgo.

Invierno, naturaleza dormida donde el arroyo claro de escarcha, parece testigo mudo de una belleza casi muerta. Invierno donde una noche, en el refugio de la maleza, nace el recental, un becerrillo de cara rizada y ojillos indagadores, que entre los lametones de la vaca, el calostro de la supervivencia, el acurruco de la dormida y las corcovas al sol mañanero, puede ser, en su día, un trozo de la historia del toreo.

En una mañana agosteña, el mayoral de una ganadería de invierno, me hablaba de los diciembres y los eneros, esos sin lidia según El Gallo. Treinta días seguidos sin levantarse la helada.

–Ahí quiero ver a los "toreros” como vosotros– nos espetó con una mueca de sana picardía.

Pasó el calendario y la víspera de Nochebuena, con un amigo, me presenté en la finca. Un día para contarlo: agua racheada, frío llanero, barrizal de tres dedos en el camino y la neblina colgada pesadamente del alto. Aurelio estaba a dar la cotidiana vuelta al ganado. Su esposa nos atendió la espera con café de lumbre baja, bollos de manteca y una silla junto a la estufa de leña.

Cuando el mayoral, después de desaparejar el caballo y llevarlo a la cuadra, apareció por el dintel sacudiendo el chubasquero, nos saludó con un: ¡Leche!, ¿vosotros por aquí? Contesté con un poco de retranca: Buenos días mayoral, ¿qué tal la vida desde agosto? Y celebramos el encuentro con un apretón de manos y una sonrisa.

– ¿No me digáis que también hoy queréis ver los toros? Si ya no quedan casi...

– Pues veremos los novillos, pero te vamos a llevar en coche si el barro nos permite llegar hasta el pradejón, que ya estarás hasta tus reales de las inclemencias de hoy...

–Bueno, pues habrá que ir, pero esperad que me seque un poco y echemos una copa de anís para calentarnos el ánimo.

Afuera cabalgaba el vientecillo serrano y el eco del mugido cansado y lejano de una vaca. La neblina ya iba despejando y un chorrillo de sol pegaba en el alféizar de la ventana de ese campo, duro pero también bello, de los toros del invierno.

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