Viernes 19 de Enero | 14:20 hs

SENTADO EN MI DEHESA

Apuntes de Tauromaquia Campera

Este novillo es un pirata- apostilló Rufino, el guarda, días después de aquel desaguisado. Y con este sobrenombre quedó para la pequeña historia de la ganadería

Este novillo es un pirata- apostilló Rufino, el guarda, días después de aquel desaguisado. Y con este sobrenombre quedó para la pequeña historia de la ganadería. Era un utrero mohíno, algo bragado y tirando a badanudo, quizás para denotar alguna reminiscencia de su murubeña estirpe.

CARLOS BARRAGÁN

El día del herradero, Rufino, que era hombre sagaz, dijo: -A éste deberíamos llamarle Cumbreño- y así se registró en el cuaderno campero. El guarda recordaba que el becerro nació por los altos de la dehesa, al cobijo del piornal y los peñascales.

Cumbreño fue creciendo entre inviernos fríos, largos y estrellados, primaveras albas de jara y cortas como suspiro, y veranos feraces que engordaban morrillos y musculaturas. Hasta que pasó las quintas de eral y llegó el momento de su lidia.

Recogimos las cabestras, seis moruchotas cárdenas (era una ganadería modesta) y pausadamente, al son de los cencerros que es timbre de gloria campera, enfilamos el prado del echadero donde sesteaban erales y utreros. La liebre saltó como flecha animal detrás de la retama poco antes de llegar a la portera del cercado.

Llevamos las cabestras a un rincón del prado donde se pusieron a triscar la hierba, quedándome con la vieja yegua torda, ya cana, cerca de ellas para que no se desparramaran. Andrés y Sebastián, los dos hermanos ganaderos, se metieron con los caballos entre la camada y fueron apartando los cuatro novillos que íbamos a encerrar. Primero al paso, con habilidad: luego, cuando despuntaban, un acoso a galope y quedaban, generalmente, al arrimo de las vacas.

Sin prisas, la tropa salió del prado y enfiló hacia la primera cañada por donde corría un pequeño arroyo. Los novillos iban delante de las cabestras y a los flancos Andrés y Sebastián con el ojo pendiente de cualquier maniobra sospechosa. Conmigo a la zaga, el encierro coronó la primera loma dibujando un precioso cuadro, enmarcado en la paz y el paisaje de la serranía. Olía a viento fino y a tomillo salsero.

Cuando se traspuso la loma, Cumbreñose desplazó a la izquierda, separándose de los otros novillos, aunque retornó enseguida a la disciplina cuando Sebas galopó para cortarle. Pero el detalle nos puso en guardia y comentamos: ¡Cuidado, que éste nos la lía!...

Un poco más allá, bordeando el marjal, pasamos al llano de los zarzales. Enseguida avistamos los corrales y pusimos las monturas al trote corto para apretar al ganado, voceando fuerte para evitar que extrañasen los edificios y saliese alguno "de naja”. Era el momento decisivo y los caballos resoplaban tensión por los ollares.

Faltarían treinta o cuarenta metros para llegar al corral cuando Cumbreño dio la estampida. Andrés le cerró el paso haciendo retumbar los cascos de su alazán en el pastizal. El astado cambió bruscamente de trayectoria buscando la huida hacia atrás. Yo había seguido empujando a las vacas y a los otros tres utreros que entraron al corral: ¡Puerta!

El aviso de Andrés cruzó raudo el espacio: -¡Sebas, que va para ti!- Y Sebastián, que había iniciado el galope para ayudar a su hermano, se encontró de súbito con Cumbreño que acometió a la yegua, dándole un enorme trompazo en el pecho. El novillo siguió hacia las alturas de la finca: su querencia. Sebastián se agarró a la silla como pudo pero acabó cayendo de la cabalgadura y fracturándose una muñeca, sin que el lance, felizmente, pasase a mayores.

Al cabo de unos días, el ya Piratabajó del alijar y se mezcló con la vacada. Cuando anduleábamos en sus cercanías a pie apenas nos prestaba atención; si lo hacíamos a caballo, enseguida plantaba cara y escarbaba retador. ¡Sabía más que Merlín!...

A primeros de septiembre, el astado fue nuevamente vendido pero ya se había hablado con los vaqueros del "Conde" para que vinieran con los cabestros y los perros, que la prudencia fue siempre buena consejera. El día del embarque, a la hora convenida, más o menos, salimos a recibir al mayoral y a dos vaqueros que venían con media docena de bueyes berrendos y cuatro perros alanos, con cara de pocos amigos. Y a la faena enseguida. Sacamos la vacada de una corraliza y Pirata salió con las primeras reses. Alguien preguntó en voz alta: -¿Cual es el galán?

Aquél que va junto a la cárdena- replicó Andrés. Y el mayoral, llamando a la jauría, se metió entre las vacas, apartando unas cuantas y al novillo con ellas.

El campo se llenó de ladridos y el vaquero y el mayoral se lanzaron, barbilla cercana a las crines y garrocha "p’alante” tras el grupo de animales apartados. Detrás el cabestrero con los bueyes. Pirata, cuando barruntó la faena, saltó sólo en dirección a la falda de la sierra. Y allí empezó la escena, que tengo bien grabada y he contado en más de una ocasión.

-¡Hala, a por él!- gritó el viejo vaquero a los perros. -¡Hala, hala...vamos con él!- Y los perros alcanzaron enseguida al animal tirándole bocados a las patas, al rabo, las orejas o al belfo. El novillo, al mismo tiempo que corría entre los escobizos, iba repartiendo topetazos y cornadas. Algún perro salía por los aires pero volvía enseguida a ataque; otros habían hecho presa ya en el rabo y en una oreja.

Después de no sé cuantos minutos, cuando ya uno de los canes más fuertes le había echado mano al morro, el fugitivo, cansado de luchar, se fue parando derrotado por el agarre y se aculó en la pared del prado rodeado de los ladridos de los perros que ya le habían soltado a las voces del mayoral. Estaba tembloroso y jadeante. Cuando llegó el cabestrero y los del cencerro, se metió entre ellos como alma que lleva el diablo, marchando cañada arriba. Todo fue después coser y cantar, entrando en el corral sin el menor atisbo de fuga, poniendo fin a este episodio del campo bravo.

En la casa de la finca secamos los sudores y refrescamos las gargantas con la grata compañía de un vino peleón y un chorizo algo encastado en ibérico. Al inevitable comentario de la faena vivida siguieron otras anécdotas: los seis toros del "Conde" que se embarcaron un enero para una plaza del sur, traídos del cercado por una senda que abrían en la nieve y por delante un tractor y una trahílla. ¡Vaya tela...anda que si algún toro se vuelve!... O aquel mayoral de Olmedilla que fue derribado del caballo por un toro y, semiconsciente al golpearse la cabeza con una guija, se subió a una encina sin acordarse nada años después... cosas de este campo que van de una dehesa a otra y forman parte de la vida de esas gentes de tez curtida en la brega con el toro de Iberia.

En medio de la conversación, salí de la casa y me asomé al corralón. Allí estaba el novillo, en un rincón de la tinada, con la respiración todavía entrecortada, el hocico ensangrentado y ajeno a los bueyes cornalones que apuraban el pajuzo. Levantó la cabeza y me miró sin el gesto desafiante de marras. En sus ojos, grises de luz, adiviné el pálido reflejo de la derrota, de una soledad desconocida.

Sentí ganas de abrir la puerta para que recuperara el aroma del cantueso y contemplara la erguida amarillez de los jaramagos recortados en los atardeceres granas. Pero solo fui testigo y avalista silente del destino de quién tenía que nacer bravo para morir bravamente en una tarde cualquiera.

El milano planeaba lento, emitiendo su chillido entrecortado. Los perros descansaban a la sombra del olmo, la lengua vacilante. Los equinos sacudían las moscas con movimientos bruscos de cabeza y rabo. Dentro se oía la conversación vivaz del personal; afuera, la dehesa dormitaba al calor del mediodía. Una vaca mugió llamando a su cría. Todo, sin duda, la libertad añorada...¡Pobre Pirata!

Carlos Barragán Bermejo.

(Del libro "Cuaderno Taurino”, editado por la Asociación Cultural Taurina Celestino Martín, de Escucha, el año 1992, en su 5º aniversario).

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