Martes 16 de Enero | 16:05 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE BILBAO

Cuando sube la gasolina

La falta de raza y motor de Domingo Hernández arruinó una tarde de tres tíos con capacidad y ambición para que hubiese sido mayúscula.

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Cuando sube la gasolina el personal se subleva. No se va uno de la misma forma a trabajar, pero con los rigores del estío apretando por el norte húmedo, ni siquiera las vacaciones las afronta uno igual. Porque cuando sube la gasolina sale más caro cualquier capricho, y las 3.000 personas que faltaron hoy a su cita con Vistalegre pueden convertirse en un par de miles más en el futuro por haber subido hoy el precio del dorado combustible.

Subir la gasolina fue lo que hizo hoy un encierro de Domingo Hernández que, quitando en el temperamento geniudo del primero, no la tuvo ni por gotas sobre la arena gris. Que si la clase del cuarto, que si la cara colocada en ocasiones del tercero, que si la obediencia a los toques más o menos general y que si la abuela fuma en pipa. Al final, cabreado el tendido por verse privado de enemigos de entidad, cabreados los toreros por atisbar virtud sin fondo y cabreado el ganadero por ver que las hechuras pintonas guardaban cierto olor a podrido en el interior. Es decir, que subió la gasolina por incomparecencia, que es por lo que suelen subir las cosas.

Hubiera pagado gustoso Enrique Ponce el precio que le hubieran exigido por que tuviese una miaja el cuarto para reventarle la clase a base de compuesta apuesta. Pero lo dejó hueco su ausencia, tanto como lo estaba el toro de boyantía para la entrega. Pero es tan zorro y tan viejo, tan buen torero en la lidia, que hasta hizo vislumbrar una luz -por fatua y fugaz que fuese- entre las aburridas pasadas. Por eso debió conformarse con proponerle al primero como si fuese el de la calidad. Fue la oreja de la tarde, pero el poso fue mayor. Porque este sí tuvo fuel, y genio, y temperamento, y aspereza por arrobas, pero también transmisión y obediencia, y eso en manos de este Enrique vale como aval mayor. Le meció la verónica encaderada, le dobló en el inicio los humos -con un cambio de mano para que temblase el misterio-, le apaciguó los bríos por abajo y le templó las tarascadas con muñeca suave, como sin darse importancia

Sabe Enrique que esta plaza agradece el ralentí, pero también la intención y la traza para entregarse a un hombre de luces descargado sobre el riñón. Y le iba pasando la gasolina del funo sin manchar el tabaco y oro, buscando con arrogancia la tela roja que nunca llegó a tocar. Allí le cosió la voluntad, le entregó la sapiencia, le amarró la mano al suelo y le ligó el pasar y pasar. Y hasta pasó por bueno en la grada el toraco, porque no se cansó de embestir. Sólo en el final del plato, cuando ya le había exprimido el bofe la majestad de un Enrique que brindó a Su Majestad. Pero ya tenía una oreja en el bote. Aunque sepa a poco, muy poco, a torero, grada y universo espectador.

Porque se acabó la gasolina de Domingo terminado el primer acto. En el segundo, con el percal en las manos del tío del amor propio que vestía de nazareno, ya no apareció la gasofa. Y bien que lo sintió El Juli, porque no saben lo mismo los triunfos en unas plazas que en otras, y hoy estaba en Bilbao. De poco le sirvió consentirle a ese, el de la estampa perfecta y la nula convicción. De poco apostarle al quinto, que no le sacó entidad ni para un cuarto de refriega. Con ambos se puso y se puso. Con ambos se jugó los cueros. Con ambos tiro de capacidad y oficio para enseñarla adelante, para retrasarla luego, para dejar que se chocasen y hasta para montarse encima. Pero cuando no hay gasolina en el fondo, no suele llegar al motor. Y sin él, no camina el sueño.

Y sin caminar se fue también el que hoy traía López Simón, que corregía hoy en Bilbao la injusticia del pasado año. Y se presentaba en la feria para enseñar voluntad, para mostrar mucho asiento y para porfiar y porfiar, porque le faltó gasolina a sus oponentes para serlo de verdad. Necesita Alberto que se muevan los enemigos de enfrente, porque de poco sirve el valor cuando la apariencia es de abuso. Aunque sea sólo la impresión del pagano. Sabe ganarse al tendido con su sincera apuesta de vertical corazón, y con su mecer de brazos en inicio de percal cuando se le resbala el tercero con más clase que fondo. Sabe poner y exponer, sabe apostar a virtud, pero no funciona la entrega cuando sólo la tiene él. Por eso se fue entre ovaciones de un público que aún lo espera. Al menos tiene el consuelo de anunciarse una tarde más.

Porque en la de hoy no vio gasolina, como no la vio Julián, pese a las preciosas formas del encierro que salió hoy. Subirá la gasolina la corrida de Domingo porque aumenta la demanda y va decreciendo el stock. Y en este chocolate negro donde se acuerdan de lo peor, siempre surge Enrique Ponce para que germine el buen recuerdo. Todo el respeto a esa prodigiosa capacidad...

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Vista Alegre, Bilbao. Cuarta de las Corridas Generales. Corrida de toros. Tres cuartos de plaza.

Seis toros de Garcigrande-Domingo Hernández. Correctos de presencia. Áspero y geniudo pero con movilidad el primero; destemplado, gazapón, protestón y con mal estilo el segundo; sin raza ni transmisión el deslucido tercero; sin fondo, ni ritmo ni fuelle el enclasado borrico cuarto; obediente pero sin raza ni fuelle el deslucido quinto; informal y sin raza el calcetero sexto.

Enrique Ponce (tabaco y oro): oreja y silencio. 

Julián López "El Juli” (nazareno y oro): silencio y ovación.

Alberto López Simón (marino y oro): silencio tras aviso y ovación tras aviso.

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