Martes 16 de Enero | 16:05 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE BILBAO

Desmayarse a girones castaños

De nuevo Urdiales es profeta en el Botxo con el único Alcurrucén que sirvió en la corrida; Ginés Marín debutó derrochando la entrega que le faltó a Morante con un lote de matadero

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Cuando un tío menudo, flaco y esmirriado, afilado de rostro, aguileña nariz, hundidos los ojos y vareadas las carnes se entierra en arena cementosa para descargar sobre los riñones el peso de su humanidad no hay mentira, truco o trato posible en su relación con la muerte. Cuando hociquea un toro girón la misma tierra donde se cimenta el oro y se entrega con la misma entrega que recibe, los dioses del toreo se sientan con satisfacción a contemplar la faena. Los humanos, más imperfectos y menos sabios, sólo podemos sentir lo que Diego Urdiales dijo hoy. Y lo que le respondió el girón. Lo demás, todo mentira. 

Volver un año después al escenario de tu transmutación, a la arena ferruginosa y gris que te transportó al cielo azul debe ser tan difícil como glorioso. Debe agradar el cosquilleo en el pecho del recuerdo fugaz, pero también debe comerte tripa y media el miedo de que salgan los dos de hoy. No por ser más o menos que cualquier otro toro, sino por estar o no a la altura de las circunstancias. Y eso no siempre se gestiona bien.

Sobre todo cuando hay sólo un toro en una corrida de seis, como le pasó a Alcurrucén en Madrid. La diferencia entre la dignidad y la gloria se marca a sólo un desmayo, a un leve giro de muñecas, otro de talón, un mentón hundido en el pecho y un trapo reventando las barrigas para que no haya duda alguna entre jamón y mortadela. Urdiales piensa en desmayo, en cintura, en pecho, en frentes y en cites desnudos. Urdiales piensa en encajarle las rectas al inicio a ese girón, porque sólo así se apuntala el toreo que jamás dejará de intentar. Y cuando la mano zurda le ofrece la bamba al hocico para tirar después de la entrega, exigir un último tranco al desmayo de buen son y se alinean los planetas del universo toreo, Bilbao vuelve a ser epicentro del valor de una embestida cuajada. Eso es desmayar girones; castaños eran hoy los que Diego reventó.

Recordará Urdiales cada momento del trance, porque lo construyó él con veterana ambición. Se ocupó de mimar arrancadas, de no quebrantar empleos, de azuzar la boyantía y de entregarse a la clase, porque hay muchos que saben torear las virtudes, pero no es lo mismo eso que llorar el toreo a girones. Ni parecido. Porque desmayarse o morir es máxima de torero eterno, sin urgencias ni apreturas por aferrarse a despojos para volver a caminar. ¿Cómo se explica, Diego, que en el toreo no hay prisa?

Aunque te pongan a sustituir al que más ruido hace con ocho paseíllos cumplidos, te digan que es ahora o nunca y te salgan dos bueyes de carro que ni para jugarte las ingles. A esos les quiso dar fiesta un Ginés Marín que sabe que ya habrá momento para desmayar girones, porque si no pasea casquería lo dejan en banquillo. Al sexto, borrico manilargo y espeso, le puso el huevo encima el extremeño ambicioso para que no quedasen las dudas de su inclusión en el cartel. Poco a poco, ajustándose a su condición, a media altura y sin forzarlo, componiendo las pasadas que nunca sacaron clase. Tuvo paciencia Ginés para exponer con valor cuando ni la media virtud de pasar a lo borrico le quedaba al toraco castaño. Y no le desmayó el ademán, ni se partió el alma en girones, pero le ofreció el cuero al tendido agradeciendo la atención. Por eso esa vuelta al ruedo, con el Botxo agradecido, sabrá para él a desmayo, porque ya tendrá otra ocasión.

Muchas ha tenido Morante de desmayarse en el Botxo, y alguna ha habido de hacerlo. Pero no era aquel otro Morante el José Antonio de hoy. Porque no le embistieron los toros, cierto es como el Evangelio; pero no es menos cierto que hay poco de genialidad singular en la abulia mostrada hoy en las telas y en el rostro, ese que ya veían duro los que firmaron la bronca que valoró su labor.

Pero ya había habido un desmayo, y eso lo vio todo Bilbao. Hasta Matías sacó de una vez los dos pañuelos del premio, porque cuando no hay engaño entre dos los desengaños no existen. Y eso lo sabe Urdiales cada ve que pisa Bilbao. 

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Vista Alegre, Bilbao. Quinta de Feria. Corrida de toros. Casi tres cuartos de entrada.

Seis toros de Alcurrucén, serios y bien presentados, descarados de pitones. Aplomado y sin vida el largo primero; de clase y buen fondo el buen segundo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre; gazapón, sin entrega ni virtud el complicado tercero; sin entrega ni clase el deslucido cuarto; devuelto el quinto por descoordinado; deslucido y sin virtud el castaño quinto bis; manso y sin entrega el borrico sexto.

Morante de la Puebla (verde botella y oro): silencio y bronca.

Diego Urdiales (berenjena y oro): dos orejas y silencio.

Ginés Marín (celeste y oro): ovación y vuelta al ruedo.

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