Sábado 20 de Enero | 09:35 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE SAN FERMÍN

Un chaparrón para la necesidad

Una oreja pasea Pepe Moral y otra le birla la lluvia a Eugenio de Mora, con Caballero herido y cuatro toros potables de José Escolar.

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Los tres necesitaban un puñetazo en la mesa. Y los tres, a su modo y manera, con su personalidad siempre, consiguieron lo que necesitaban. Fue la necesidad que alivió y azuzó a partes iguales el chaparrón que regó Pamplona con los escolares que más sirvieron. Y hubo cuatro interesantes y otros dos con el hierro de Belcebú, que tuvo Eugenio de Mora el dudoso honor de pasarlas de todos los colores delante de ambos.

El premio se lo llevó Pepe Moral con el quinto al recibir el premio a la apuesta de toreo fundamental, a la brega poderosa de rascarle el fondo al entipado Escolar hasta que le dio tanta entrega como aportó el de Sevilla. Porque el toreo, al final, no es nada más que entrega para conseguir la composición a base de exposición. Y cuando voló la sarga de Moral, más por el propio concepto que por la perentoria necesidad -que la había- brotaron tres naturales clamorosos que hasta los ruidosos tendidos tuvieron que cantar. Era esa mano, la zurda que tanto busca Pepe y que le ha puesto más de una vez en el cielo de los grandes. Por abajo, sin olvidarse de someter, de gobernar, pero proponiendo caricia en lugar de pelea. Y el toro tragó. Tragó como tragan los buenos, los que sacan el fondo entre las asperezas propias, los que se van por abajo a buscar el infinito sin olvidarse de embestir en tramo alguno del trazo. Porque menudo era el trazo que modeló Pepe a partir del bamboleo. Con uno de Escolar. ¡Y en Pamplona!

También al segundo le había compuesto los naturales, porque no olvida bien la forma de poner el cuerpo el que la tiene bien aprendida, y ya le va tocando meterle el riñón a los grises por pura necesidad. Dos naturales le volaron eternos, macizos, tan sentidos y dibujados que hasta él mismo se sorprendió de que los hubiera tomado el exigente Escolar. Porque tenía fondo, aunque no fuera de premio. Por eso le dio el de José a Pepe la esperanza que necesitaba para volver a torear, que no había vuelto, desde Sevilla, a enfundarse el chispeante. Y no fue la oreja paseada; fue el concepto defendido.

El suyo, el propio, como hizo Eugenio de Mora con el mejor de la tarde, que equilibró la balanza al tener que lidiar antes y después con los dos hijos de Satanás que le salieron a Escolar. Ese cuarto guapo, entipado y corto, con las puntas hacia el cielo, la cara seria, los cinco quintales escasos y la carne suelta del que puede correr y humillar. El paradigma redivivo del que nada tiene que ver el trapío con los kilos. A ese le sopló un inicio de doblones por abajo, ganando el paso hacia la cara pero perdiéndolo hacia atrás, para fomentar el ritmo y matar la reposición gazapona con la que amenazaba el gris. A los medios se lo llevó de esa guisa para plantear allí la batalla. Que fue batalla y no pelea, que tuvo el don de la imposición desde el inicio antes de intentar el toreo. Y cuando el toreo llegó lo hizo por abajo, sobre la diestra primero, con el pico hacia arriba pero la bamba al morro. con la firmeza en el brazo de quine tiene pegados veinte mil tiros como el que llegó hoy. Pero hoy estaba en Pamplona. Y de no arreciar el aguacero justo cuando toreaba él los pañuelos de Navarra le hubieran puesto en la mano el trofeo. Hasta para eso tuvo hoy mala suerte. Porque fue hoy cuando tuvo que liquidar a las dos alimañas.

Al sexto hubo de hacerlo porque había mandado el tercero al hule a Gonzalo Caballero, bisoño en todo, pero en todo voluntarioso. Lo fue para dejar más crudo al animal en el penco, para consentir que desarrollase lo suyo hasta llegar a la muleta y para que exhibiese su genio en los doblones del inicio, que marcaron, mas no impusieron. Empeñado en torear a como diera lugar, se olvidó de poder al gris y se encontró con la correa, ayuna de sacar fondos. Sufre el madrileño tras cada paseíllo porque le pegan los toros, y puede tener que ver con su empeño de torear como remedio a sus males sin tener en cuenta que cada toro tiene su lidia. Porque es tremendo el valor y encomiable la actitud, pero esto -el toreo- es para listos, y no es de ser muy listo que te peguen tanto los toros. Por lo demás, fue todo entrega, todo voluntad de pegar el pase pasase por donde pasase el animal de Escolar. Le faltó poso al esfuerzo, que casi termina en tragedia cuando pegó el pitón al matar contra el pecho de Gonzalo, aunque no le holló la carne hasta encontrarlo en el suelo para perforarle el gluteo. Mal menor para tan tremendo volteretón y una ovación para el bravo que tal vez no debió serlo tanto para sacar más rédito de la cita.

Aunque le dio la razón la maldad que sacó el sexto, que mejor encontró a Eugenio de Mora que un mermado Caballero, porque hasta de eso se acuerda el capotillo de San Fermín.  

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Pamplona. Cuarta de la feria del Toro. Corrida de toros. Lleno.

Seis toros de José Escolar, bien presentados y muy en el tipo. Correoso y sin entrega el complicado primero; de ásperas complicaciones pero buen fondo el segundo; con poder y humillación el enrazado tercero; con entrega, raza y cierta calidad el cuarto; obediente y con entrega el exigente pero agradecido quinto; orientado, medidor, peligroso y manso el defensivo sexto.

Eugenio de Mora (blanco y oro): silencio, ovación y palmas.

Pepe Moral (tabaco y oro): silencio y oreja. 

Gonzalo Caballero (blanco y plata): palmas y herido. 


 

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